martes, 3 de septiembre de 2013

El ave y el lago



El ave se vio reflejada a la orilla del lago al cual tantas veces había arribado para observarse, quizá y con cierto temor de descubrirse, sin animarse a capturar con su mirada más allá de lo que de forma superficial pudiere avistar, con la profundidad de sus pequeños ojos entrecerrada.

A pesar de haber repetido aquella escena durante meses, de manera inconciente, aún no entendía ni reconocía que le resultare tan complejo permitirse verse en completitud.

Quizá y fuere el, a su parecer, excesivo brillo en el agua, causado por los rayos solares al pegar en la superficie, se decía si esa pregunta aparecía, que impedía se visualizare sin sentir dolor.

O tal vez, pensó en ese momento, lo cual jamás había sospesado, el miedo a reconocerse en esa pequeña figura desdibujada, al poder percibir sus contornos y formas, ellos con los que había convivido durante tanto tiempo. En el fondo temiéndose tan solo a sí.

Entre aquellas sugerencias realizadas por sus propios pensares, el ave se sintió irritar.

“¿Yo? ¿Temerme? Si he estado conmigo desde que tengo memoria.
Si siempre he lidiado con mi ser como un guerrero.
¿Porqué habría de tener miedo?
No sé lo que es eso de temer.”

Con aquellas ideas latentes, el ave se acercó a aquel espejo de agua a saltitos, notando como su reflejo se expandía.

Sin notar que aún y no podía levantar del todo su mirada, para verse.

Sintió sed y hundió su pico en el agua para beber de ella.

Súbitamente, por su imagen se dibujó el pequeño oleaje que ella misma había creado, y así se observó, borrosa, como cada día lo hacía, y se gustó.

¡Nunca tuve miedo! –trinó tras verse, alegre, la pequeña avecilla tras observarse en las olas antes de girar sobre sí en un salto para adentrarse en el bosque una vez más.
Y allí fue cuando le oyó.

Aquella voz profunda y grave calmó todo vestigio de euforia en sí cuando dijo.

“Te mientes.”

“¿Quién está allí?” Replicó el ave, no sin cierta incertidumbre, buscando a su alrededor, curiosa. Sin poder encontrar rastro de otro ser.

“Te contentas con reconocerte a medias, ¿Es que no te intriga acaso saber, verdaderamente, cómo eres?”

El ave se sintió invadida, de pronto, y dio un salto hacia atrás, buscando de dónde provenía esa voz no sin cierta desconfianza ya que pertenecía a alguien que, al parecer, le había estado observando.

“No le responderé a una voz, sea quien sea que esté ahí, que salga, que se muestre” trinó.

Un conjunto de arbustos comenzó a moverse ante su pedido, y de entre ellos emergió un bellísimo pájaro azul, de dimensiones similares a las suyas, cuyo plumaje brillante y la belleza de sus ojos negros le dejó sorprendida. 

Tanta fuerza había en su mirada, tanta armonía le suscitaba.

No pudo decir más.

El ave azul se le acercó lentamente, hasta posicionarse frente a su ser. Escrutándola con la mirada.

“Te sorprendes de mis brillantes colores, más no puedes hacer lo mismo con los tuyos.” Repuso, rodeándole en pequeños pasos “¿Por qué no te entregas a la contemplación de la belleza de tu ser y te permites entregarla al mundo reconociéndola, antes de huir de ella y preferir admirar otras figuras?”

“Me he visto” Repuso el ave cual respuesta “Cada día, cuando bebo agua, me observo, cada día y así me examino, me conozco, me reconozco”.

“Si es así, descríbete, describe tu plumaje cuando se extiende, cómo sus tonalidades cambian cuando la luz solar y lunar dan sobre él, cuál es su color, su textura, qué es lo único en él, y qué efecto puede causar su descubrir en el mundo que te rodea, más allá de este bosque. Cuál es el objeto de que ello sea como es. Y entonces dime el porqué de tu ser y sus formas, de las cuales aún no te haces cargo.”

Enmudeciendo por un instante, repasó cada una de las partes de la descripción del ave azul y dio cuenta, a medida que pensaba, que pocas de aquellas cuestiones verdaderamente podía responder.

Si toda la vida había vivido perdida, sin reconocerse de forma completa, creyendo que era aquello que no, por evitar verse frente a frente y saberse una realidad distinta a la que siempre había percibido como propia y esencial.

¿Qué podía quedar entonces? 

¿Vivir de la mentira creada por su mente cada vez que tenía la oportunidad de visualizar lo que le era intrínseco?

"Yo... yo no sé." Admitió entonces la pequeña ave. "Me confundes con tus palabras," 

"No son mis vocablos lo importante aquí" inquirió aquella aparición azul que de pronto y había, con solo proferir algunas palabras, desmoronado gran parte de sus estructuras. "Lo de verdadera importancia aquí, es que te observes, te animes a conocerte".

"Pero ¿Qué hay con lo que ya conozco? ¿Con todas esas cosas que vivo día a día? ¿Con la vida que llevo ?"

"Seguirán, quizá, como hasta hoy, o cambiarán, tal vez, desde el momento que tomes conciencia de todo lo que eres capaz de brindar al saberte ser quien eres. Nunca lo sabrás en verdad hasta que lo intentes."

"Es casi un acertijo..."

"En realidad no" Contestó con diligencia el ave azul mientras se le arrimaba para colocar una de sus alas en su espalda. "Es muy sencillo, solo debes dar un paso, deja que del resto se encargue el juego de la vida, solo se".

El ave asintió, si bien conservaba aquel temor que desde un principio había guardado en su pecho, algo le decía que dejar de huírle a la verdad subyacente a lo que creía conocer de sí, sería la mejor desición.

Y así fue como, guiada por el ave azul regresó a donde las aguas en las que jamás se había mirado de frente.

Y alzó su vista a la luz de sus indicaciones, sintiendo como un helado escalofrío le recorría al hacer contacto, poco a poco, consigo. 

Y como entonces una sensación de paz y alegría le consumío.

Ya no era el manchón violáceo entremezclado con verde que de tanto en tanto saciaba su sed en el estanque.

Era conciente de su realidad de ave, en todas sus dimensiones, el color de su plumaje, y sus posibilidades como ser.

Ahora, solo debía hacerse cargo de lo que su visión le había permitido comprender.

Ahora, solo restaba volar.