A veces creo necesitar una voz fresca, animada, jovial, que
venga y me diga con aires de sabiduría pero humildad manifiesta en
su tono, que todo está bien. Que afirme de forma pomposa y a su vez solemne que
cuento con todo el tiempo del mundo y del universo también -por si fuera poco-
para decidir qué caminos recorrer. Que el alma es eterna y el aprendizaje
individual también, así que carece de sentido apurarse, y que disfrutar el
trayecto le da sentido a las experiencias y las revaloriza. Que más allá de las
voces externas o internas que a veces intentan crear en nuestras mentes la
imagen de estar perdidos, en realidad no existe tal cosa como perderse, y que
en cada día nos reencontramos y reinventamos en el vivir. Que no hay formas pre
hechas o fórmulas mágicas y eso viste a la existencia de gran encanto. Que el
andar va generando crecimiento en nosotros y que todo llega o se va en el
momento que lo necesitamos. Y que la equivocación no es tal, sino un paso que
se dio en falso, vibrando de una manera por dentro y otra afuera y por eso han
coalicionado. Que no vivimos una ciencia, sino poesía. Vivir es oír sonetos,
componer armonías, escribir versos y ataviarlos de metáforas.
Que toda la negatividad es un invento, y que la verdad es
puro alborozo y que soltar las cadenas que nos atan a los pensamientos mundanos
es cuestión de meramente proponérselo.
A veces creo necesitar una voz… Y ella es la de mi
conciencia. No hay necesidad de buscar
en el exterior lo que uno mismo puede proveerse. Y nadie más para guiarnos en
la senda, que lo elevado que habita en nosotros.
A veces...