lunes, 28 de mayo de 2018

Adiós a mi compañera canina.

Tenía casi diez años cuando te vi por primera vez. Viajamos varios kilómetros hasta una zona de campo. Cuando llegamos, y te buscamos, mamá te eligió de entre el resto de los cachorritos porque intuyó que ibas a ser una muy buena compañera (y no se equivocó). Eras tan chiquitita en ese entonces que papá te podía llevar en la palma de su mano. Viniste envuelta en una manta para bebé.
La noche del día que llegaste a casa intenté que durmieras conmigo, pero me resultaba extraño porque respirabas muy fuerte y no estaba acostumbrada. Quisimos hacerte un lugar en el lavadero pero lloraste y rasguñaste tanto la puerta que ese mismo día decidimos que no iba a haber un sólo rincón en el que no pudieras estar. Desde ese entonces, siempre dormiste en nuestros pies.
Eras hábil, abrías los picaportes de las puertas sola e ibas a donde querías. Llegabas a las camas de un salto y tuvimos que ponerte mantitas exclusivas, además de los almohadones que dejamos en lugares clave como la cocina, para que siempre estuvieras cómoda.
Igual que como había hecho papá conmigo cuando yo era una bebé de unos meses, un día te puso entre todos mis peluches y te sacó una foto con la cámara a rollo. Eras un muñeco más.
Siempre que pudimos te llevamos de vacaciones con nosotros. Una de las primeras veces viniste a Córdoba y te tiraste al río con papá. Él nadaba y vos nadabas alrededor de él, sin perderlo de vista. Ahí fue que nos dimos cuenta que eras un perro natatorio (con membranas entre los deditos de las patitas para poder nadar mejor). Un día fuimos a la casa de mi tía y te lanzaste a la pileta -fue graciosísimo, aunque ella no opinó lo mismo- ¡Sí que te gustaba el agua! Incluso chapoteabas en los charcos con ganas.
La casa se llenó del interminable sonido de las uñas de tus patitas clac clac clac clac. Y cuando llegábamos siempre nos recibías con alegría, con “wof, wof” y moviendo el rabo para todos lados. También llorabas de emoción de forma aguda y te tirabas a recibir las caricias que te dábamos.
Cuando te sacábamos a pasear con un tintineo de la cadena de la correa y un “vamos a pasear” vos ya bajabas la escalera corriendo y ladrando. Si tardábamos en ponerte el pretal nos perseguías y ladrabas. Los primeros años tironeabas con tanta fuerza y energía que solíamos decir que más que pasearte vos nos paseabas a nosotros. Con los años fuiste aminorando un poco el paso.
Te paseábamos por el parque y te quedabas mirando los patos y las palomas, sin hacer nada, salvo un día que yendo al colegio con vos le sacaste un par de plumas a una paloma y mis compañeros que lo vieron me dijeron que tenías instintos asesinos (nada más lejos de la ternura de tu realidad). En los paseos, si nos sentábamos, después de un ratito ya nos tironeabas y ladrabas, no querías quedarte quiera.
No te gustaban los otros perros, cuando se acercaban muchas veces lloriqueabas. Decíamos que te creías humana.
Con mis amigos, novios y toda la gente que nos visitaba siempre fuiste un poco tímida al comienzo y después super sociable. Todos te adoraban y no había persona que te viera y no se le escapara un ¡Que linda! Incluso de grande, con el hocico lleno de canitas, seguias siendo la más bella de las mascotas. Nunca se te fue el encanto, y para mí siempre fuiste un bebé. Un cachorrito que nos miraba concara tierna y ojitos brillantes para pedirnos comida mientras almorzábamos o cenábamos. A veces hasta nos ladrabas, nos movías el brazo con el hocico o apoyabas tu cabeza en nuestras piernas para convencernos de que nos apiadáramos de tu hambre y te diéramos toda la comida rica que siempre te dimos. ¡Tenías tus trucos! Eras un perro malcriado y siempre ligabas premio incluso cuando te portabas mal.
Siempre estuviste ahí para nosotros, la perra más fiel, bella y guardiana. La más dulce de todas, mi hermanita, mi compañía como hija única, mi peluda favorita.
Escribí esto como despedida mientras te daba las últimas caricias antes de que te vinieran a dormir y te llevaran. El adiós se completó después de que te recordara todas estas cosas leyendotelas y te diera besitos en la frente mientras te dormían. Ya estabas sufriendo mucho y por muy doloroso que fuera, no podías quedarte con nosotros.
Luchamos hasta el último momento por vos, te cuidamos y amamos como a pocos seres se los puede amar. Vas a estar eternamente en nuestros corazones y almas.
Cuki ♥ gracias por estos quince hermosos años con nosotros. Te amo perrita. Mi primera mascota, la que me enseñó a adorar a los animales y respetarlos como hoy lo hago, tanto como si fueran seres humanos. Descansa en paz. Hasta el reencuentro.