Dicotomía.
Esa es la palabra exacta que expresa aquello en lo que me
sumerjo de forma consciente.
Alzo la cabeza, y observo sobre el oleaje de vivencias y
sentires que mese mi cuerpo.
La luna, brillante, me devuelve la mirada serena desde su
posición, surcada por nubes que, de tanto en tanto, deciden albergarla y
brindarle un pasajero escondite.
Le sonrío a la antigua compañera de las almas humanas… y
decido cerrar los ojos.
Coloco las palmas sobre mi pecho, percibiendo los latidos de
mi corazón, aquellos que permiten a mi ser continuar en esta existencia tan
efímera.
Y trago saliva al dar cuenta de mi estado.
La vulnerabilidad de aquel ser que decide atestiguarse
replegado en lo que su interior le dicta.
Y aceptarse así.
En dicotomía.
Entreabro mis párpados y se ha hecho de día.
El fulgor del sol encandila mis pupilas que se enceguecen en
su brillo y se vuelven incapaces de comprender qué hay a mi alrededor.
Más aun así continúo el trayecto, confiando en el instinto
que permite ver más allá de los ojos.
Vuelvo al ritmo, rutina, tiempo, espacio, movimiento.
Me olvido un poco de todo.
Aunque todo siga allí.
Dicotomía, es. Y será.