sábado, 11 de julio de 2015

La verdadera felicidad



Y así es como el ser humano busca, durante toda su existencia terrenal, la felicidad en las condiciones externas. Siempre insatisfecho, cada vez que consigue algo que desea, tras el temporal disfrute que esto le otorga, comienza nuevamente a desear algo distinto. Este ciclo se repite una y otra vez, con su consecuente ilusión de "cuán feliz seré cuando eso suceda", sufrimiento por el apego que le genera esa "necesidad" de otra cosa/experiencia/sentimiento/múltiples etcéteras que aún no se materializa, y su efímero gozo cuando finalmente lo obtiene, o angustia si le resulta imposible acceder a aquello, lo cual es seguido, una vez más, por otro sentimiento de carencia y nuevo objeto de deseo.

Siente malestar por las acciones de las personas que le rodean cuando no son idénticas a la imagen mental que él inventa, en base a todo su sistema de creencias y experiencias, de lo que deberían ser. Sufre cuando la vida no “le da lo que él merece” (o cree merecer). Se frustra cuando no puede vivir la historia que él escribió (o ellos escribieron) para sí y tiene que enfrentarse, cada día, a las condiciones que la vida le propone, y lo que el mismo puede o no lograr con respecto a ello…

A medida que transcurren los años los deseos se incrementan, así como también la insatisfacción. Y nada parece bastar para poder sentirse plenamente a gusto y en armonía.

El humano, frustrado por todo lo antes relatado, a mayor o menor edad se da cuenta de que nunca se siente completamente feliz. Y recurre a psicólogos/médicos/psiquiatras preguntándoles si no padece alguna enfermedad crónica o cuestión cerebral que le impide sentirse pleno. Las respuestas son "es que en tu niñez. .." "esta pastilla te puede servir" "puede que sufras el trastorno llamado...", etcéteras.

Pide también consejos a sus amigos, conocidos, personas de confianza, los cuales le brindan frases de motivación que alguna vez escucharon o leyeron y poco si comprendieron, y le dicen que “ya pasará”, que “es una etapa”, que “todos pasan por momentos malos”, que “la vida sigue”, que hay que disfrutar porque “uno nunca sabe cuántos años más va a vivir” y demás.

El humano, cansado, más ilusionado por la información que le brindan, prueba todas esas recomendaciones que los especialistas le dan, e intenta seguir cada consejo que sus cercanos le brindan, sin dejar de sentir esa frustración y falta al final de cada jornada, o al despertar, más creyendo, vanamente, que por arte de magia en algún momento, eso pasará y de pronto, se hallará en la plenitud.

Y es así como, tras pasar por todas esas experiencias e intentos infructuosos, un día decide sentarse, verse al espejo, preguntarse qué está mal, por qué nunca es capaz de sentirse completo y en calma, en forma duradera.

Cuando se observa por primera vez observando, en silencio, sobreviene el susurro insonoro e intenso de la verdad.


La respuesta estuvo siempre allí.

Y caen lágrimas, se abraza mentalmente, y da cuenta de que en toda esa búsqueda en el afuera, pocas veces se hizo verdadera compañía, se escuchó, estuvo con él, presente, y sintiendo lo completo que puede sentirse solo por percibir la realidad sin anteojos, desde el corazón y la unidad.

Da cuenta de que poco se necesita, si se está en verdad presente y consciente de su existencia, tan poco que, con solo sentirse, percibir lo bello que es poder estar, ya es feliz por completo y se siente sumamente agradecido. Se siente mucho más vivo y feliz de lo que alguna vez pudo haber experimentado. Respira hondo. Sonríe. Que bello es todo cuando caen los preconceptos y el sistema de símbolos y uno se percibe desde el adentro y el ahora.

Y decide cambiar de paradigmas, desaprender todo aquello que alguna vez le dijeron que era vivir e intentar prolongar, desde la conciencia, desde el estar en el presente, esa paz que en ese momento de “insight” pudo percibir.

Ahora hace por hacer. No busca que lo exterior se manifieste a favor o en contra de su accionar. La recompensa ya no está en el afuera, en lo que los demás digan o dejen de decir, en que la vida responda o no responda a sus peticiones. 

Todo se va ordenando, a consecuencia. 

Ya no hay excusas.

La felicidad crece cada día un poquito más.

Goza del existir y cada suceso de su vida de una forma única e inexpresable en palabras, cual niño, como si cada momento fuera el primero y el único, a su vez.

Y el círculo vicioso al final desaparece.