Volviendo a casa en colectivo un día como cualquier otro, desmaquillada, vestida de forma para nada llamativa, después de trabajar toda la mañana e ir a sacar fotocopias, texteándome con una amiga, sin prestar atención alguna a mi alrededor, escucho una voz de mujer que me dice "te quiere decir algo".
Alzo la mirada y veo a la mamá con su hija, que me mira, una nena con carita de ángel, trencitas
castañas y mochila de princesas.
La madre la anima "dale, decile" y entonces la pequeña, tímida, con una
vocecita aguda que enternecería hasta a la persona más amarga, observa
"que... que te parecés a Alicia en el País de las Maravillas."
Me quedo viéndola con una sonrisa, sorprendida y la madre agrega “desde que subiste al colectivo que me lo dice”.
Lo único que se me ocurre hacer es agradecer.
Se alejan hacia la puerta de salida, bajan en la siguiente parada, la nena se da vuelta y ondea su manito despidiéndose en un alegre “chau!”.
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Un pequeño oasis en medio del desierto de la vida urbana.
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No hay mucho para evaluar, pero en el tiempo que me resta sobre dicho trasporte examino la situación y pienso que, si es por la palidez o las tonalidades de mis cabellos, princesas de Disney que más o menos coincidan con mis características hay varias.
Pero Alicia… Justo Alicia.
Si lo advierto, fue una observación precisa, hace tiempo que decidí, de manera involuntaria, identificarme con ese personaje. A saber, un día se presentó el dichoso conejo y decidí seguirlo, conocer qué hay después de pasar la madriguera, más allá de lo evidente.
Le seguí y me fui encontrando en el camino con diversas situaciones, experiencias y seres que me fueron enriqueciendo internamente.
Sé muy bien que recién inició el viaje en esta vida, que tiene sus ecos pasados, y no tengo pensado volver.
Me quedo viéndola con una sonrisa, sorprendida y la madre agrega “desde que subiste al colectivo que me lo dice”.
Lo único que se me ocurre hacer es agradecer.
Se alejan hacia la puerta de salida, bajan en la siguiente parada, la nena se da vuelta y ondea su manito despidiéndose en un alegre “chau!”.
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Un pequeño oasis en medio del desierto de la vida urbana.
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No hay mucho para evaluar, pero en el tiempo que me resta sobre dicho trasporte examino la situación y pienso que, si es por la palidez o las tonalidades de mis cabellos, princesas de Disney que más o menos coincidan con mis características hay varias.
Pero Alicia… Justo Alicia.
Si lo advierto, fue una observación precisa, hace tiempo que decidí, de manera involuntaria, identificarme con ese personaje. A saber, un día se presentó el dichoso conejo y decidí seguirlo, conocer qué hay después de pasar la madriguera, más allá de lo evidente.
Le seguí y me fui encontrando en el camino con diversas situaciones, experiencias y seres que me fueron enriqueciendo internamente.
Sé muy bien que recién inició el viaje en esta vida, que tiene sus ecos pasados, y no tengo pensado volver.