Atesoro aquellos escasos momentos donde me siento verdaderamente
viva cual tesoro confinado a un cofre de cuya llave desconozco el paradero.
Esos instantes donde chispas de sentires alborotados
resuenan en mi alma aún sin tener una causal específica –quizá ello siendo lo
que más especiales los vuelven- obligándome a retroceder sobre los pasos de la
simple lógica a la complejísima emoción de ser.
Me percibo existente y ello me alboroza. Los deseos de
bailar guiada por la sinfonía del vivir me envuelven, movilizando mi existencia
según aquella bella melodía, la silente, que nos acompaña cuando nos abrimos a
su sentir.
Se me escapan las maneras, carezco de herramientas, no cometeré
la insensatez de argumentar que soy capaz de dominarlo o causarlo cuando así lo
quiero.
Soy poseída por aquello que sólo existe dentro de lo más
profundo de mí ser, de manera azarosa, a capricho del universo.
Y entonces sonrío, me animo, me unifico con la alegría
desmesurada, sólo por poder sentir.
Como un bucle en el tiempo, me conecto con todos los
momentos de creación de mi pasado, los cuales fueron guiados por la misma energía.
El arte es un buen disparador, lo sé, por ello busco a
través de él, por ello llega a partir de su visita a mi día, cada tanto, aquel
arrebato de dicha.
¿Será que sentir – que percibir la existencia con
satisfacción por si misma – es sinónimo de inspiración?
¿Cuáles son mis musas, entonces?
Las he buscado y sé que seguiré rastreándolas durante toda
mi vida.
No he podido más que verlas guarecerse tras trozos de
canciones, pinturas, personas que aportan algo de entereza y pasión a mi vida
sólo por poder saber de ellas y su obra, sus acciones, su respirar…
Caigo en la cuenta una vez más de que existo.
Sí; Existo.
Existís.
Existen.
Y no me queda mucho más que agregar al respecto. Ya que solo
aquello encierra más de lo que millones de palabras agregadas a este texto
podrían manifestar.
Un hálito de duda, quizá, cuando inmersa en el mar de la certeza y el presente me he de descubrir.