lunes, 31 de diciembre de 2012

Introducción al saludo de fin de año.


Se suceden los segundos, uno tras otro, con gran velocidad, o al menos, aquella que su percepción quiere otorgarle. Es como si se tratare de una cuenta regresiva, a medida que se va acercando la hora de la despedida, el sentimiento que le embarga  va expandiéndose hasta hacerse partícipe de cada diminuto suceso o pensamiento que pase por su mente. Se trata de una emoción tan vívida como arrolladora, bella a partir de su existencia, que podría definirse, no de forma por completo acertada ya que se entremezcla con cuestiones indescriptibles en vocablos: Agradecimiento, alegría, quizá cierta agitación.
Ella sabe que si bien se habla de un final, de un corte, de un pasaje, esta noche no será más que la transición a la continuidad del sendero que en este período de no más que trescientos sesenta y cinco días y a lo largo de su existir hubo de comenzar a vislumbrar, a través de la búsqueda del contraste y unión entre lo exterior y lo más profundo de su ser. Y también intuye que se trata mucho más que de ello. Será el cierre un gran desprendimiento, un adiós para nada fugaz, sino paulatino, que le fue murmurando a su anterior yo, para ir cortando sus lazos con aquel hasta permitirse trascender el mismo, en tanto existencia y concepto, desde el día que decidió permitirse escuchar el llamado de su alma.
Sonríe mientras observa a través de la ventana por la que presenció el mundo que le circundaba desde la tierna infancia, y allí se haya, tan lejana a su pasado como cercana a su presente, y allí se encuentra, siendo, como la vibración que la constituye.
Cierra sus párpados y escucha lo que en apariencia se encuentra separado de sí, el sonido del viento, el movimiento de las hojas, aquel motor del vehículo que pasa a unas calles, la alarma del garaje casi imperceptible, el canto de las aves y su suave aleteo, percibe el aroma de la lluvia que cayó y la que se aproxima, sabiendo que pronto se dejará calar por ella hasta fundirse con el frío de las gotas en un íntimo ritual con la naturaleza. Y se ríe.
Aquella suave sonrisa que adornaba sus labios se transforma en una carcajada que brota de los confines de su ser y la embarga.
Alza sus manos, percibe la calidez de su rostro a través de sus yemajes y se abandona en la emoción que le produce el saberse viva en aquel instante, el saberse viva en aquel instante, el saberse humana y a su vez no. El saber que ella es y no es, el amarse a sí con la misma intensidad que cada día intenta tener a la hora de sentir amor por lo que le rodea.
Ríe sin tapujos, tan fuerte como nace desde la boca de su estómago, sintiéndose cuasi embriagada por el placer que le produce existir, que le produce el reconocer que transita por los caminos por los que su alma le guía para poder conectarse con ella y fundirse en el ser. El estar para andar, el desear hacerlo e intentarlo, recorriendo los planos de existencia de los que hoy forma parte hasta algún día abandonar su máscara.
Abre sus ojos, inhala y exhala con fuerza, volviendo al eje tras tan profundo carcajeo y se centra.
Se centra en repetir por dentro cuan agradecida se siente. Y percibe como su ser vibra deseando manifestar esa gratitud a todos aquellos seres que fueron y son hoy pequeñas y a su vez grandes piezas del rompecabezas de la vida que hoy vive, del camino por el que hoy transcurre.
Y es entonces cuando frente al papel se coloca y en finos trazos de color ébano comienza el relato de aquel vívido momento como introducción a las simples palabras que dedicará:

Gracias.

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