Tocaba el piano como agazapado, el
delgado torso inclinado sobre el instrumento, a punto de abrazarle.
Las manos compenetradas, la mirada en las teclas, y por momentos,
también, en el abismo del adentro.
Llevaba un sombrero muy similar a una
kipá sobre sus cabellos blancos, largos, lacios, desalineados, que
denotaban más de cinco decenas de años de vida humana, y evocaban,
tal vez, a algún que otro actor de largometraje reconocido.
Tenía puesta una camisa azul. El
cigarro en la boca, atrapado entre la palidez de sus labios resecos,
sin prender, le daba un toque de rudeza a su incipiente barba cana.
Un saco de cuero gris colgaba frente a él, sobre el pasamanos que
daba a la escalera que descendía hacia el subterráneo.
Parecía fundirse en la música que sus
dedos creaban.
Le ví por segunda vez, luego de la
clase, a la que me había conducido con aquel medio de transporte.
Transcurrida ya casi hora y media, desde que subiendo los peldaños
vi su figura, y me quité los auriculares para oír la melodía
clásica, profunda, y a su vez desmesurada, que supe apreciar más no
nombrar, me sorprendió aquel reencuentro.
Supe, sin dudar ni un instante, que
aquel sujeto desconocido había tocado durante todo aquel
tiempo, y la sola idea me robó una sonrisa. La pasión, y la
adoración... “¿Tendrá un piano en su hogar?” atiné a
preguntarme mientras le observaba por última vez.“¿Podrá sentir
el mismo placer y entrega que ahora, mientras toca, habita en su
interior, cada día?” fue el segundo de todos los interrogantes que
despertó su imagen en mi cabeza. Los porqués, los cómos y las
cuestiones sencillas también se agolparon dentro de ella luego.
Nada tuvo respuesta. Sencillamente no
hacía falta obtenerlas.
Hay seres cuya aparición. Incluso
minúscula, temporal, efímera, pueden causar variedad de incógnitas
en nuestra psique.
Y esa es su función dentro de nuestros
días, aún cuando ellos estén allí por otras razones.
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